Has de saber

 

Escrito en prosa poética, es una doliente y valiente llamada de atención sobre la profunda e íntima sensación de soledad, la falta de ayudas, el desinterés, la desinformación, el abandono y el desamparo que padecen aquellos a los que la sociedad, mezquina y miserable, trata de marginar por considerarlos diferentes.

 

(D. Eugenio Álvarez, doctor en psiquiatría de la C.A.M)

 

 Depósito Legal.- M-40939-95

 

 

NOTA


 Este libro ha sido cedido a la Asociación de la Residencia y Centro de Día para Discapacitados de Aranjuez.

Todo aquel que desee adquirirlo y colaborar con esta Asociación, puede hacerlo a través de su web: www.asociacionaranjuez.org

 

Gracias

 

(29 / 03 / 2014)

 

  

Has de saber, cuando la tarde

al fin decline,

que estuve velando tu sueño

hasta la primera luz del alba.

 

No preguntes, no hay

ningún por qué:

sencillamente estuve.

                                                             

       

 

                                                      I

 

                                                                TÚ Y YO

 

Otra vez nos llegó noviembre. Otra vez nos late el corazón escondiendo su otoñal secreto, entre le muro viejo de la costumbre y la luz serena de la memoria.

Otra vez, tu ternura codiciada me penetra pura como un hilillo frío de entrañable soledad.

Cautelosos los dos, tras tanto tiempo sin encontrar estrellas que alumbren nuestro camino o ágiles melodías que nos susurren alientos, nos ceñimos al bronceado torso de nuestras vidas, dándonos la libertad de vivirlas con entregada alegría.

 

¡Qué distinta es hoy la amanecida! ¡Qué trasmparencia de luz, cuando tus labios arrasadores traspasan a fondo la pared de mi alma!

Aquí dentro, en la grieta desnuda de nuestra caverna, que es sílice, cal y granito, rezuman hoy ríos que parecen de aguamiel.

Mas, no sé por qué algunas mañanas sentimnos la honda palpitación de nuestro pulso seco, y nos entregamos al espacio curvo de su gravitación.

 

Y contemplo tu boca casi entornada, y tu risa breve y pasajera que se alza misteriosa y se eleva una vez más a tus blancos dominos silenciosos.

Y parece que fue ayer, cuando rocé por primera vez tu piel rosada y suave de niño recién nacido. Caundo tus ojos pequeños y luminosos, encendieron mi corazón como un amanecer. Cuando tu calor se adhirió al mío, y se fundió en un cálido manantial de auroras.

Parce que fue ayer cuando doblamos tus sábanas de piel de lino, y reverberaron resinas sobre el azul violeta de tus pequeñas manos.

Parece que fue ayer, y sin embargo, cuánto tiempo ha pasado ya. Cuántos sollozos entrecortados curtiendo los caminos. Cuántas llanauras recorridas y salvadas, y cuántos muros aún por salvar.

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                                                         II

 

                                                   TU PADRE

 

¿Sabes?, ninguna experiencia nos enseña lo suficiente ni nos prepara lo bastante para comenzar una segunda.

No viene al caso tener que recordar otros llantos pasados, otros silencios remotos que vuelven cada noche como fantasmas, una vez apagado el crepúsculo.

 

El dolor no ha perdido la memoria; es inmortal; como las joyas que no presumen por dilatarse en el tiempo, sino por el instante de su esplendor.

El dolor vuelve siempre recreándose en su profundidad y posterior desconsuelo.

 

Tú, como todos los niños, tienes unpadre. Un padre que deja que el silencio nos envuelva; que rompe los sonidos cuando el sol baja a nuestrro encuentro, y que hace que el paisaje, en este espacio, guarde un susurro dulcísimo y blanco de palomas.

Dejamos que se acerque con sus ramas poderosas, entrelanzando hojas y hierbas tantas, bajo nuesro cielo breve de luz; breve e incierto dosel de sombras.

Un padre que deja que esta soledad alerta, vuelta siempre hacia lo pasado,  mire sin nostalagia las cosas, y, sin luz alguna, escape hacia la cima de la tarde.

Él hace que atrás queden los rincones grises, y la orilla antigua del camino, y el denso velo de la nostalgia, puerta por la que nadie responde.

Un padre que deja que el alma, aún en desacuerdo, camine bajo la sombra errante y sus espacios vivos; y que el silencio - el de estas rosa que entre las manos le nacen -, escuche la hondura de tu voz, latente como un temblor o un canto.

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                                                         III

 

                                               LOS HERMANOS

 

Te quiero. Tu presencia está conmigo dentro y fuera de todo.

Eres como un sonido continuo y leve; como un sueño inacabable que me horada, y del que quisiera despertar algún día.

Pero tu voz me habita todos los poros, y sobrevive más que nunca en mí, y te quiero.

Te quiero hasta el punto, de que no me importa seguir sintiendo las caricias de tus dedos ensayando la vida que aún no conoces ni conocerás.

Pero mi corazón siente otras nostalgias, cuando recupera algo de paz y de cordura; cuando mi memoria se me escapa de los insomnios, y al fin queda libre de esas otras ataduras y de mí misma.

 

Llegué a olvidarme casi de todo. Como si un golpe de viento hubiera deshecho mis sentidos en la sombra. Y es que todo lo ocupabas tú.

Cerré mis puertas a todos y a todos, menos a ti. Me hice cargo de tu supuesto sufrimiento, y decidí protegerte hasta el final. Y sólo podía hacerlo estando cerca de ti, muy cerca de ti, incluso dentro de ti, muy dentro de ti.

Caminaba siempre delante de tu paso, para cubrir cada pozo o raspadura que pudiera suponerte la más leve dificultad. Adopté una postura definitiva ante aquello y aquellos que consideraba enemigos.

Me erigí, pues, en tu eterna y única salvadora.

Te sentía - aún hoy te siento - incapaz de sobrellevar tus dificultades y de ser feliz con tu destino.

 

Reconozco que me absorbiste, qyue te absorbí. Reconozco que, sin darme cuenta, fui relegando otras empresas al margen de nosotros mismos; al margen del calor de aquel otro cuerpo que aún tibiaba mi regazo.

Y acristalé la mirada en la vaguedad de la luz. Y me cobijé en tu regazo de borra y de badana.

Fantasmas de humo me impidieron ver que a mi lado, cerca, muy cerca, como tu padre, caminaba el hijo; el otro hijo adolescente; cambiante en su inciada vida; cuerpo de cristal; prisionero entre dos muros de espacios delirantes. El otro hijo: tu hermano.

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